“Ni centralismo ni independentismo: federalismo.”

Publicat a El País el 18/09/2007 

Todo parece haberse conjurado: el vacío estival de noticias, los frágiles equilibrios internos de los partidos nacionalistas, las dificultades ciertas y graves que Cataluña vive en materia de infraestructuras, y la abulia de algunos sectores de la opinión publicada, radiada o televisada (o tertuliada en general), poco dispuestos a abordar asuntos que no sean los de siempre y desde los movimientos reflejos de siempre.

  

En las semanas que han transcurrido desde las comparecencias parlamentarias por el apagón de Barcelona, la discusión política catalana ha registrado los siguientes hitos: Carod Rovira ha convocado un referéndum por la autodeterminación para el 2014; el ex presidente Pujol, el del peix al cove, ha llamado al boicot fiscal (con la comprensión del ex presidente Maragall, ahora arrauxat a pesar de que antes dijo que el Estatuto reducía el Estado a lo residual), y se ha encumbrado como puntos de referencia a magistrados convertidos ahora al independentismo y a profesores universitarios que se preguntan en público si la creación del ejército catalán debe ser anterior o posterior al referéndum por la independencia. Deberíamos considerar la posibilidad de vincular el debate público en Cataluña a la realidad.

 

Sin que nadie tenga que renunciar a nada en materia de autogobierno, parecería razonable (y hasta más acertado estratégicamente) que en estos momentos cumpliéramos con el mandato estatutario y dedicáramos nuestros esfuerzos a criticar la actitud del Gobierno central en el despliegue del Estatuto, aprovecháramos el debate presupuestario para reclamar inversiones en las infraestructuras que hacen funcionar el país (no siempre coincidentes con las que monopolizan el discurso de ciertos sectores) y reforzáramos la capacidad de las instituciones catalanas para enfrentar los retos que se le presentarán al autogobierno en los próximos meses.

No obstante, lo más descorazonador es que, ante esta situación, no asome en el paisaje ninguna opción alternativa que no sea la de un centralismo cada vez más destemplado y abiertamente antiautonomista. Parece no haber nada entre el independentismo de unos y el centralismo de los otros, aunque diríase que es justamente en esta franja intermedia donde nos concentramos el grueso de la población, de los partidos políticos y de las organizaciones sociales. Los federalistas, existir, existimos, pero nos cuesta mucho aparecer. Se me ocurren un par de razones para ello. Por una parte, es evidente que no poseemos la capacidad que tienen otros para ofrecer el tipo de material que la maquinaria de la sociedad mediática necesita para funcionar. Por otra, probablemente hemos pecado de soberbia al pensar que lo que sólo tendría que ser un soufflé es realmente un soufflé. En cualquier caso, a estas alturas está claro que no deberíamos haber aplazado nuestra intervención en el debate a la espera de que el invento con aire volviera a su tamaño natural.

 

Bien, no vamos a esperar más. Debemos volver a ser proactivos al proponer el federalismo como opción. Las razones para ello son diversas. En primer lugar, para evitar las frustraciones. Es urgente que sepamos vincular el debate sobre el autogobierno a los combates que realmente podemos dar; tenemos la obligación de vincular el largo al corto plazo. En segundo lugar, porque en Cataluña debemos articular debates políticos significativos. No podemos conformarnos con tener un espacio público copado por discusiones superfluas, perennemente dedicadas al análisis de las declaraciones y contradeclaraciones de algunos, y alejadas del examen de las políticas y las propuestas efectivamente impulsadas por las instituciones y la sociedad. Y finalmente porque, si hacemos caso de los resultados electorales, las propuestas de carácter federal tienen un respaldo popular bien significativo y es justo y hasta sano que tengan su lugar en el debate y que sus defensores nos afanemos en presentarlas de la mejor forma posible. Éste es nuestro empeño.          

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