“Crimea.”

Publicado en el diario digital Nueva Tribuna, el 21-03-2014.

Para poder acertar en las respuestas que la izquierda europea deberá dar a la situación tan delicada que atraviesa Ucrania, agravada con la celebración del referéndum del pasado domingo en Crimea en el que mayoritariamente se valida su incorporación a la Federación Rusa, es fundamental analizar con rapidez cuales han sido los errores cometidos. Y digo con rapidez tanto por la fluidez de los acontecimientos, el domingo se celebraba el referéndum y a las 48 horas Rusia firmaba el tratado de anexión, como porque la crisis de Ucrania estará presente en el debate electoral europeo (faltan menos de 10 semanas para las elecciones)  y deberá ser abordada por el nuevo Europarlamento que saldrá elegido el 25 de mayo.

Seguro que, vista la reacción del ministro Garcia-Margallo, en España este debate se reducirá a buscar las similitudes y repercusiones que la crisis ucraniana puede tener con el conflicto de relaciones entre España y Catalunya. Mucho me temo que en el debate político español estará ausente la discusión sobre cuáles deben ser las estrategias de la Unión sobre el este europeo y con Rusia.

De esta crisis se desprenden, para mi, 4 lecciones:

La primera es que las políticas de la UE no pueden ir a remolque de las de EEUU. Ni tenemos los mismos intereses, ni la UE debe tener ambiciones de gran potencia, como sí tienen los EEUU y Rusia. La estrategia de la Unión Europea y especialmente con Rusia debe ser la de buena vecindad y la de una seguridad mutua compartida.

La segunda lección es que los juegos geopolíticos entre EEUU y sus aliados ya sean militares, la OTAN, o políticos, como actualmente lo es la UE, con Rusia generan una presión inasumible a estados como Ucrania. La historia de este país, su complejidad identitaria, cultural y lingüística lo revela como un estado frágil para soportar el dilema de tener que elegir entre la UE o Rusia. Emplazamiento que ni directa ni indirectamente debería haberse realizado nunca.

Una tercera, es la ausencia e incapacidad de la UE para dotarse de una política exterior y de seguridad propia. Y más en concreto, clama al cielo la falta de una política clara de relaciones de la UE con Rusia, vecino nuestro (compartimos 2.257 Km. de frontera), proveedor de recursos energéticos y estado que quiere recuperar su papel de gran potencia sin demasiadas contemplaciones, como hemos podido ver con su inaceptable intervencionismo en la crisis de Ucrania.

La cuarta lección es que la única hoja de ruta que la Unión debería haber seguido es la apuesta por la democracia, la legalidad y la integridad territorial de Ucrania. El apoyo a la revuelta popular que derrocó al  presidente Yanukovitch solo se puede justificar por ser éste un ladrón autoritario, no por sus simpatías por Rusia. De la misma manera que Yula Timoshenko, por muy Pro-UE que sea, es otro personaje que tiene mucho que desear.

En la actual situación creo que las propuestas que podrían servir para enderezar la situación son las siguientes:

–          La retirada inmediata de las tropas rusas, con o sin identificación, de Crimea. Así como la disolución de los grupos o cuerpos paramilitares.
–          El alejamiento de todas las tropas desplazadas hacia las fronteras de Ucrania y el compromiso de detener cualquier maniobra o desplazamiento de efectivos militares que puedan añadir tensión a la situación actual.
–          El respeto a la integridad territorial de Ucrania. Por ello el no reconocimiento del referéndum celebrado en Crimea el pasado 16 de marzo.
–          El apoyo y supervisión de las elecciones democráticas que deben poner fin a la interinidad actual.

Un nuevo gobierno, elegido democráticamente, que deberá resolver como conviven en un mismo estado identidades y sensibilidades tan distintas y, hoy por hoy, tan alejadas. No reconocer el referéndum de Crimea y sus resultados no es excusa para ignorar cuales son los sentimientos de la mayoría de su población.

Similitudes entre Crimea y Catalunya, ninguna. Por lo que el gobierno del PP seguirá teniendo un problema vivo y no resuelto, las relaciones entre Catalunya y el Estado.

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